Latinoamérica: una región políticamente polarizada – Ugo Stornaiolo

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En el enfrentamiento político no es exclusivo de Ecuador. Sucede en la región. Conozca los detalles de lo que pasa y el futuro en América Latina.

Foto: Pressphoto – Pixabay

Una de las características actuales de América Latina es que el escenario se ha polarizado entre dos tendencias claramente marcadas: una izquierda neo marxista que acoge a ecologistas, feministas, indigenistas, jóvenes descontentos, grupos marginales y otros por fuera del statu quo, que imponen un escenario de lucha contra la derecha (o extrema derecha), representada por las oligarquías, el imperio, el neoliberalismo y cualquier cuestión que represente al denominado libre mercado o a la economía liberal.

Es decir, una lucha entre la izquierda (en todos sus tonos, que van desde el comunismo puro y duro hasta el llamado socialismo del siglo XXI, que no es otra cosa que un populismo de izquierda) frente a una derecha (matizada desde un extremo que lucha contra las migraciones, opuesta al aborto, que mantiene posturas conservadoras en la sociedad). No es algo tan simple para etiquetarlo como la lucha entre personajes como Bolsonaro o Trump contra los Chávez, Maduro u Ortega.

En los tres años que decurren se viene afrontando un ciclo electoral que se ha visto manchado por la generación de hechos violentos, como los de octubre y noviembre de 2019 en Chile, Colombia y Ecuador y de confrontaciones políticas claramente marcadas en Argentina, Brasil o Bolivia, mostrando que existen en la región dos formas muy distintas y totalmente contradictorias de ver el mundo.

Es como si en los países se hubiera trazado una línea imaginaria entre dos bandos. La villa contra la gran urbe argentina, la favela contra las urbanizaciones caras en Brasil, las barriadas contra las zonas residenciales en otros países. Un submundo dividido, que se evidencia cuando ocurren momentos electorales o de tensión política.

Salvo Bolivia y Cuba, el resto de los países se encuentra en procesos de renovación, reelección o continuación de regímenes políticos, en un contexto de polarización y fragmentación, incertidumbre económica y una herencia social de crisis generada por la pandemia. Una región que, con matices, ha afrontado las olas cíclicas de este virus que afectó al mundo. Países como Argentina, Perú, Venezuela y Brasil que han fracasado en la gestión de esa crisis (no obstante que sus gobiernos sean de tendencias antagónicas) y otros, como Ecuador o Chile que la enfrentaron mejor.

Las elecciones como boya de salvación

América Latina inició la década 2021-2030 con incertidumbre política, por el alto número de elecciones (17 de ellas presidenciales) del este cuatrienio; y económica, por la necesidad de enfrentar al COVID-19, que llevó a la región a una de sus peores crisis económicas, sin olvidar la crisis social que ha dejado más de 30 millones más de pobres.

El analista Manuel Alcántara habla de “democracias fatigadas”, en lo político y en lo económico, con una recesión que no ha bajado del 8% desde el año anterior. Junto a este problema está el ahondamiento de los desequilibrios y problemas sociales históricos que se han incrementado y que hacen complicado afrontar la magnitud de esta crisis.

Las apariciones mesiánicas y los populismos

Un escenario como el que se describe no puede ser más que idóneo para el surgimiento o reaparición de los caudillos mesiánicos o de los populismos de cualquier tendencia que sean y que aparecen como los únicos redentores para sacar a los países de sus problemas, aunque esto ya en el ejercicio del poder se va desvaneciendo rápidamente, generando tensiones sociales y votos de castigo, como el que ocurrió recientemente en la Argentina, tras dos años de un errático mandato kirchnerista.

Aunque muchos de estos populistas responsabilizan a la pandemia -o a gobiernos precedentes de otras tendencias- de todos los males, es fácil determinar que una de las características de los gobiernos de la región es la falta de consensos y acuerdos, oposiciones legislativas rabiosas y grupos de poder que conspiran en la sombra para alcanzar el mando, como ha venido ocurriendo desde hace dos años en el Ecuador.

Sin embargo, el momento de crisis no ha logrado evitar la aparición de caudillos personalistas como el salvadoreño Bukele o el brasileño Bolsonaro, pero también de líderes más centrados y menos dados a las dádivas, bonos y subsidios. No obstante eso, la región enfrenta una debilidad institucional, ineficiencia burocrática y crisis de representatividad que ha puesto en riesgo a los partidos políticos.

Paralelamente surgen movimientos de insatisfacción ciudadana en algunos países como las protestas de 2019 y al final de 2020, donde los protagonistas son jóvenes frustrados por ofertas incumplidas y por agendas olvidadas que no permiten una transición hacia nuevos modelos económicos. La economía de la región, de acuerdo con reportes de organismos financieros internacionales, no crece más del 5% en los últimos años y se ha exacerbado la extrema pobreza (que afecta a más de un tercio de los habitantes de Latinoamérica).

Este ya no es un tema de ideologías, como ocurrió en décadas precedentes, en las que funcionaba inexorablemente el fenómeno del “péndulo” que iba de la derecha a la izquierda en los países, generando una estabilidad política que se manifestaba en las siguientes elecciones, con votos de premio o de castigo a los gobernantes. Pero, llegó la tendencia del socialismo del siglo XXI y buscó, a la usanza del viejo sistema comunista de Europa Oriental, Corea del Norte o Cuba, perennizar a los caudillos de esa tendencia, como ya se ha constatado en países como Nicaragua, Bolivia (con cambio de presidente) y Venezuela lo que, afortunadamente, no se logró en Ecuador.

Hasta finales de 2024 se están renovando o reeligiendo casi todos los presidentes, excepto el de Bolivia que lo será en 2025 y Cuba (donde, obviamente, no existe esa posibilidad). En 2021 hubo 14 elecciones: cinco generales para presidente y legisladores en Chile, Ecuador y Perú, en donde se dio una segunda vuelta, lo que no sucedió en Nicaragua (por el sistema caudillista/marxista del país centroamericano). A estos procesos electorales hay que sumar los que se celebraron en Honduras.

En 2022 serán los comicios en Costa Rica, en Colombia y en Brasil. En Colombia se espera un balotaje entre un candidato de la tendencia “uribista” frente al líder del socialismo del siglo XXI en ese país, Gustavo Petro. En Brasil se espera un verdadero “choque de trenes” o un “clásico Fla-Flu”, en términos futbolísticos, entre el líder de la derecha y actual presidente Jair Bolsonaro y su contradictor de izquierda Lula da Silva, que ha superado sus problemas con la justicia y se presenta como un rival de peso para el mandatario.

En 2023 se esperan elecciones en Guatemala, Paraguay y Argentina, país este último que vivirá una nueva contienda electoral entre un peronismo kirchnerista debilitado tras las últimas elecciones legislativas de 2021, el macrismo liderado por Rodríguez Larreta y la explosiva aparición de un nuevo personaje de la política de ese país, el liberal de derecha Javier Milei, ya conocido en su país por sus salidas de tono y ataques al “establishment” político, pero que genera simpatías en los jóvenes desencantados.

Finalmente, en 2024, en México, López Obrador se jugará todas sus cartas frente a una inédita coalición de partidos antes contrarios y ahora unidos, el PRI (que ya gobernó el país por casi un siglo), el PAN (que lo hizo por una década) y el PRD (el partido fundado por el hijo de Lázaro Cárdenas, Cuauhtémoc), que tratarán de sacar del palacio del Zócalo al simpatizante del socialismo del siglo XXI y de Cuba. Nayib Bukele se juega en El Salvador todas sus posibilidades en ese año, mientras que también habrá elecciones en Panamá, República Dominicana, Uruguay y Venezuela.

Foto: Flickr Eneas De Troya

En estos dos últimos países se puede prever una disputa. En Uruguay, el Frente Amplio, partido del líder tupamaro José Mujica, que ya no cuenta con el fallecido expresidente Tabaré Vásquez, se enfrenta a un partido Blanco, fortalecido por el mandato de Luis Lacalle Pou. En Venezuela resta por esperar que los líderes opositores entiendan que la única manera de derrotar a Maduro es uniéndose. Pero, todo indica que Corina Machado, Leopoldo López, Juan Guaidó y Henrique Capriles presentarán sus candidaturas por separado, para alegría del “Stalin del Caribe”.

Muchas elecciones que evidencian el complicado momento institucional, político y socioeconómico, en medio de una crisis económica y social que busca mejorar los modelos productivo. Pero, lo que se ve es un “síndrome de familias peleadas” donde la polarización y la fragmentación son los obstáculos para la coexistencia y los consensos, que ha reducido los márgenes de maniobra de los gobiernos elegidos democráticamente que se ven impedidos de realizar reformas y garantizar gobernabilidad.

Polarización y fragmentación 

Las fuerzas políticas tienen programas incompatibles que excluyen al adversario. Definitivamente no se puede contar con ellos. Como ya lo mencionaba el candidato José Antonio Kast en Chile: “o se escoge el orden y el progreso con su propuesta o se opta por el comunismo, para llegar a ser otra Venezuela o Nicaragua”, si gana Gabriel Boric, el candidato de la izquierda. Algo similar a lo que se vivió en Ecuador (donde las opciones eran Guillermo Lasso, defendiendo al libre mercado, o Arauz, con un programa anti-dolarización) o en Perú (con la cuestionada defensora del liberalismo Keiko Fujimori, frente al neocomunista Pedro Castillo).

Lo que manifiesta el pensador francés Pierre Rossanvallon, cuando habla sobre EE.UU. en su obra La Nueva Cuestión Social, se puede aplicar a América Latina, con su concepto de la fractura o “grieta” que divide a la ciudadanía en dos bandos: “La franja del electorado de Trump ya no hace sociedad común con los demás. Y esa ha sido la gran novedad…: descubrir un país dividido en dos bandos irreconciliables mientras la esencia misma de la democracia consiste en pensar que existe una base común que permite hablar de esas diferencias, negociar, acordar”.

En Ecuador esta grieta sigue presente, bajo la lucha de correísmo vs anti-correísmo. El correísmo, como pasa con el MAS -Movimiento al Socialismo- en Bolivia con Evo Morales, no pudo presentar a su caudillo Rafael Correa como candidato, quien tras huir a Bélgica en 2017, está sentenciado a ocho años de prisión por cohecho desde 2020.

Correa trató de repetir la fórmula de Cristina Fernández en Argentina candidatizándose como vicepresidente. Luego de su condena, al igual que en el caso de Morales, que tampoco pudo ser candidato y colocó a su exministro Arce, Correa resignó sus opciones escogiendo a un tecnócrata poco conocido, Andrés Arauz, como su “delfín”. El correísmo atacó a la gestión de Lenín Moreno (2017 a 2021), a pesar de haber sido escogido como heredero de Correa pero acabó rompiendo con él (“traidor” lo llamaron los correístas), quien desmanteló la obra de su gobierno (de 2007 a 2017).

La fragmentación no solo ocurrió en Bolivia y Ecuador. Se dio en Perú, que tuvo cuatro presidentes (Kuczynski, Vizcarra, Merino y Sagasti) en cinco años, dos de ellos renunciaron (Kuczynski en 2018 y Merino en 2020), se convocó a un referéndum para impulsar una reforma institucional (2018), se disolvió el Congreso (2019) que dio paso a elecciones legislativas (2020).

Perú llegó en 2021 a una reñida segunda vuelta donde se pudo constatar la polarización de ese país entre los seguidores del neocomunista y simpatizante del extinto grupo terrorista Sendero Luminoso, Pedro Castillo, frente a la tendencia de derecha que tuvo a Keiko Fujimori, Hernando de Soto y Rafael López Aliaga, decantándose por la hija del exmandatario (cuestionada por denuncias de corrupción).

La dicotomía fujimorismo vs anti-fujimorismo ha polarizado al Perú por muchos años y esto se hizo evidente en las recientes elecciones y en los primeros meses de gobierno de Castillo, que ha ido bajando rápidamente su aceptación en la población, según las últimas encuestas. En otros países también existe una alta volatilidad, la aparición y desaparición de partidos o el alquiler de partidos para poder inscribir candidaturas y la consecuente dispersión política.

El desgaste de los partidos políticos

No hay cómo desconocer el desgaste de la clase política latinoamericana, acosada por la corrupción, que ha permitido que surjan con fuerza los movimientos populistas o de movimientos que defienden “mano dura” y “outsiders”. El fenómeno también incorpora situaciones como el “voto vergonzante u oculto” que provocó verdaderos sismos electorales en países como Ecuador, en donde inesperadamente triunfó en 1996 el expresidente Abdalá Bucaram o la segunda vuelta de 2006 que dio la victoria a Correa.

Esto no es patrimonio solamente del Ecuador. Ocurre en Perú (con Castillo, un desconocido maestro rural que fue subiendo en los sondeos), en Chile (donde Franco Parisi compitió con cierto éxito, pese a no vivir en el país) o en Argentina (no se puede descartar, de ninguna manera, la irrupción en la política del economista liberal Javier Milei, ya famoso en su país por provocar situaciones televisivas donde usaba términos muy duros para atacar a la clase política, generando adhesiones a su causa).

En el caso chileno se puede constatar un cambio de época, marcado por un ciclo de violencia en octubre de 2019, que derivó en la convocatoria de una asamblea constituyente que tuvo entre sus integrantes a una abigarrada muestra de la sociedad chilena, además de haber sido el primer proceso político que privilegió la paridad de género. El resultado de todo esto ha sido una reñida y polarizada segunda vuelta entre José Antonio Kast y Gabriel Boric.

El “somozato” nicaragüense

Lucharon contra Somoza y fueron la reencarnación centroamericana de los barbudos de Sierra Maestra en Cuba. El Frente Sandinista de Liberación Nacional era, entonces, un símbolo de la resistencia contra décadas de dictadura de la dinastía Somoza, encabezada por Anastasio y su hijo, del mismo nombre, apodado “Tachito”, que gobernaron con mano de hierro ese país.

Pero, lo que comenzó como una revolución apoyada por todo el país y secundada por varias naciones, con el advenimiento de la pareja presidencial Ortega y Murillo, se ha convertido en aquello que tanto detestaban en ese país: un nuevo somozato, cambiando solamente los nombres de quienes ocupan el poder.

Las elecciones de 2021 fueron de mero trámite para uno de los mayores regímenes autoritarios de la región, porque fueron eliminados todos los posibles contendores de Ortega (unos terminaron presos y otros tuvieron que huir del país) , sin que el régimen haya podido disipar las oleadas de protestas de 2018. Así pasó también en Venezuela, donde una débil oposición fue inútil para enfrentar a aparatos políticos y propagandísticos que lograron mantener la hegemonía de los dictadores Ortega y Maduro.

Foto: Flickr Casa de América

Muchos analistas consideran que la copresidenta (así la denominó Ortega), Rosario Murillo, junto con los grupos orteguistas que controlan el sandinismo han cooptado casi todo el aparato estatal y legal que dejó muchas dudas sobre la transparencia del proceso electoral.

Anotaciones finales

América Latina entró en la tercera década del siglo XXI en medio de la incertidumbre política y económica, con una compleja situación social y sanitaria causada por la pandemia. En las muchas elecciones celebradas y que se celebrarán en los próximos meses y años el tema seguirá siendo la crisis económica y social, a pesar de los esfuerzos realizados por algunos gobiernos por mejorar los indicadores de sus países.

Todo indica que seguirá la polarización y la fragmentación política, sumada al descontento de los ciudadanos, su desconfianza con los sistemas democráticos. De acuerdo con estudios de la CEPAL, unos 21 millones de personas de los quintiles más bajos de la población (sobreviven con poco más de cinco dólares diarios) pueden caer en la pobreza y unos 2,5 millones de personas de clase media-baja bajarán a situación de pobreza. La clase media también se ve afectada porque es vulnerable a los colapsos económicos y generalmente es la que asume, vía impuestos, los costos de la crisis.

De todos modos, no deja de preocupar la posibilidad de que, mostrando su inconformidad con algunos procesos electorales, vuelvan las protestas en algunos países y crezca más la polarización (kirchnerismo vs. antikirchnerismo en Argentina, correísmo vs. anticorreísmo en Ecuador y seguidores de Morales y Arce vs. sectores de la sierra baja boliviana anticentralistas, que pregonen federalismo o separatismo) y la fragmentación política.

La mayoría de países latinoamericanos tiene el síndrome de la “casa dividida”. Cada elección pone en juego opciones y programas tan antagónicos que fácilmente pueden convertirse en caldo de cultivo para que ciertos grupos apelen a la demagogia o al populismo con una población harta de los modelos vigentes, sumado a la desinstitucionalización en los países, gobiernos débiles y partidos políticos sin credibilidad, permitiendo la aparición de mesías u outsiders autoritarios que venden a los votantes la promesa de mejores días que, por cierto, nunca llegarán de su mano.

Una investigación (entre 2010 y 2015) de World Values Survey -Encuesta Mundial de Valores- que explora opiniones de la gente y cómo cambian con el tiempo y su impacto social y político, solicitó a grupos de votantes de 55 países que se coloquen en un espectro ideológico entre izquierda a derecha. En América Latina y el Caribe la polarización de los votantes fue de 52,5% (100% es el número mayor). EE.UU. tenía el 44,5%, mientras Brasil y México eran los más polarizados de la región, siendo Chile y Argentina los menos polarizados. Aunque este dato de los estudios puede haber cambiado en los últimos cinco años, no solo en esos dos países.

Hoja de Vida Dr. Ugo Patrizio Stornaiolo Pimentel,

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