Afganistán y los talibanes, para principiantes – Ugo Stornaiolo

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En el territorio afgano se libra una disputa que preocupa al mundo. Aquí las claves para entender lo que sucede.

Foto: Fardin Waezi – Flickr UNAMA News

Son imágenes impactantes. Combatientes fundamentalistas islamistas -talibanes- entrando al palacio presidencial de Kabul, desocupado por funcionarios del gobierno patrocinado por EE.UU. El presidente afgano, Ashraf Ghani, huyendo para “evitar un baño de sangre” y acusado por su Ministro de Defensa como “vende patria”. El aeropuerto, escenario de acciones de gobiernos extranjeros para evacuar ciudadanos. Disparos e inseguridad por todas partes.

La decisión del gobierno de Biden de ordenar la salida de las tropas de EE.UU. de Afganistán abrió la posibilidad para que los talibanes retomen el poder enfrentándose a un ejército en fuga, con victorias fáciles en muchas ciudades, como Jalalabad y Kandahar. Afganistán era un dolor de cabeza para Biden, el departamento de Defensa y las agencias federales de investigación (CIA y FBI). Tras la caída del régimen de Kabul, los soldados estadounidenses evacuaron nacionales y colaboradores nativos.

Los talibanes de nuevo en el poder (como en 1990), con otra insurrección violenta. Los peligros latentes para grupos afectados por la presencia del islamismo radical: mujeres y niñas (que serán sometidas, esclavizadas y obligadas a seguir las doctrinas más radicales del Islam). Irónicamente, los talibanes aseguran que las mujeres afganas “estarán felices” de vivir bajo las reglas de la sharía (ley islámica).

Por décadas, en el territorio afgano hubo grupos terroristas del lejano y cercano oriente (financiados por potencias mundiales interesadas en el conflicto), como Al Qaeda, liderado por Osama Bin Laden en los 80 y 90. Inicialmente patrocinado por los estadounidenses para hacer guerras de guerrillas contra la Unión Soviética, que invadió el país a fines de los 70, se volvieron contra EE.UU. con dos ataques a las Torres Gemelas de Nueva York (en 1994) y con la caída de éstas (11 de septiembre de 2001).

La crisis parece lejana, pero demuestra hasta qué punto llegan los fanatismos y extremismos. Por eso, se veía gente huyendo en el aeropuerto, agarrándose de trenes de aterrizaje y alas de aviones. Algunos cayendo en pleno vuelo. Talibanes entrando a las casas buscando enemigos y colaboradores de países y organizaciones occidentales, detectando mujeres sin burka o buscando a quienes violan la sharía (ley islámica). Afganistán, oficialmente llamado Emirato Islámico de Afganistán, es un país sin salida al mar ubicado en Oriente Medio, que limita con Pakistán al sur y al este, con Irán al oeste, con Turkmenistán, Uzbekistán y Tayikistán al norte y con la China comunista por el corredor de Waján.

Las imágenes de gente huyendo de la persecución o ejecutados bajo la ley islámica no son nuevas. Padres y abuelos de los afganos contemporáneos ya pasaron por esto. Una foto que circuló hace pocos días lo resume: alguien conocido en esas tierras, Ismail Khan, líder de Herat por cuarenta años junto a un guerrillero talibán con turbante negro, inclinado ante él, con la mano en el corazón. El segundo personaje es el invasor, un talibán que tomó la ciudad. El primero le da la bienvenida.

Ismail Khan, aparte de controlar Herat y esa región, luchó contra los soviéticos en los ochenta y contra los talibanes en los noventa. Mantuvo su región al margen de la “guerra de los señores de la guerra” entre 1992 y 1996 y conservó el control durante los últimos 20 años en presencia de la ISAF (fuerza internacional de la OTAN).

Al otro lado del país (frontera con Pakistán), en las provincias de Gazni y aledañas rige desde los 80 la red Haqqani. Su líder inicial, Jalaluddin Haqqani (también luchó contra los soviéticos) y sus descendientes, Khaled Haqqani (muerto hace poco en combate) y Beitullah Haqqani son dos ejemplos de la realidad de ese país: quien llegue (soviéticos, OTAN o EE.UU.) debe vérselas con Khan en el oeste y los Haqqani en el este.

Durante la invasión soviética (1980-1989) hubo grupos de resistencia, conocidos como “los siete de Peshawar” (ciudad pakistaní donde descansaban). Algunos rebeldes cobraron fama: Jamiat Islami (el comandante Massud), Hezb e Islami de Gulbudín Hekmatiar, Hezb e islami de Yunus Khales, facción de Amin Wardak, o la de Sayaf.

Uno de los más famosos, Rashid Dostum, líder uzbeko que, como los antes citados, también luchó contra los soviéticos en los ochenta, aunque se alió con ellos (lo nombraron general) y luego los traicionó en 1988, según la leyenda urbana, con una botella de vodka en la mano. Luego enfrentó a los talibanes en los 90 y a finales de 2001, como uno de los jefes de la Alianza del Norte, mató a cientos de talibanes presos en Kunduz y Mazar-i-Sharif (los encerró por docenas en contenedores metálicos al sol y sin agua).

Cuando dejó el país el último militar soviético (el general Gromov) hacia Uzbekistán, estos siete grupos se enfrentaron a muerte en los 80, en la llamada “guerra de los señores de la guerra” llevando a Kabul a la ruina entre 1992 y 1994. Así, los talibanes de primera generación tomaron el poder.

Los atentados del 11 de septiembre de 2001 perpetrados por Osama Bin Laden, la posterior intervención de EE.UU. en ese país, la guerra relámpago de la OTAN contra los talibanes, su pronta caída en tres semanas y el despliegue de las tropas de la organización atlántica por casi 20 años, provocaron este resultado: la caída de Kabul y la fuga del presidente impuesto, Ashraf Ghani.

A mediados de los ochenta, dos millones de personas permanecían en campos de refugiados afganos en la frontera pakistaní. ACNUR no controla el tránsito de cientos de miles (aunque quiso registrarlos). Los hombres -desde adolescentes- son “refugiados de ida y vuelta”, en fronteras permeables. Refugiados de día y mujaidines (combatientes de la fe) en la noche.

Una tierra hostil

Afganistán ha pasado cientos de años en guerra por sucesivas intervenciones extranjeras. Desde Alejandro Magno, el Gran Mongol y las tres guerras anglo-afganas (fines del siglo XIX e inicios del XX), quienes invaden estas tierras salen mal librados. Un experto en Afganistán dice que los afganos son acogedores y aceptan temporalmente a las personas en su casa, hasta que aflora su mal carácter…

Afganistán declaró su independencia a principios del siglo XVIII. Fue monarquía hasta 1973, estableciéndose la República de Afganistán. En 1978, la Revolución de Saur (filocomunista) estableció la República Democrática de Afganistán, con intervención de la Unión Soviética en apoyo al gobierno, iniciando la guerra de Afganistán (entre 1978 y 1992), frente a la guerrilla islámica (apoyada por EE.UU., Arabia Saudita, Pakistán y otras naciones occidentales y musulmanas). Pese al retiro soviético en 1989, la guerra civil siguió hasta que, en 1996, los talibanes establecieron el Emirato Islámico de Afganistán con su interpretación de la sharía (ley islámica).

En 2001, tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, una coalición internacional de la OTAN liderada por EE.UU. invadió el país, sacó del poder a los talibanes e instaló un gobierno bajo la República Islámica de Afganistán, provocando otra guerra. En 2014 la OTAN y EE.UU. declararon formalmente que abandonaban la guerra, pero sus tropas siguieron apoyando al gobierno.

En septiembre de 2020 el gobierno y los talibanes -que ya controlaban más de la mitad del territorio- iniciaron negociaciones de paz en Doha para constituir un nuevo régimen constitucional, que combine las dos visiones del estado islámico. Las negociaciones no avanzaron y el conflicto siguió hasta 2021. En agosto, tras una serie de conquistas, los talibanes retomaron el control de Afganistán, proclamando la transición a un nuevo gobierno dirigido por ellos mismos, aún no formalmente establecido.

¿Cómo se llegó a este estado de las cosas?

En 1973, un golpe de Estado derribó la monarquía (reinante desde 1750). La invasión soviética de diciembre de 1979 llevó el país al desastre. Afganistán tiene cuatro décadas de crisis humanitaria. Para entenderlo hay que examinar el interior del país, con las lealtades entre individuos, tribus, clanes, etnias o las influencias externas (en especial de Pakistán).

Las añejas tensiones entre pastunes (etnia mayoritaria), tayikos, uzbekos, nuristaníes o lhazaras no alcanza a explicarlo. En los 90, los talibanes eran pastunes y la Alianza del Norte (los señores de la guerra) sus rivales. Hay que saber lo que ocurre en cada ciudad y región, para determinar leales y contrarios y dónde están los descendientes políticos de Massud, Haqqani o Khan.

En una era de avances científicos y adelantos sociales, ver a los talibanes es como volver a tiempos oscuros de la historia. Los rivales de EE.UU. (China, Rusia, Irán y Pakistán) no deberían estar tranquilos, porque están muy cerca del gobierno fundamentalista de Kabul (por territorio y afinidad étnico-religiosa).

Si alguien lo sabe son los rusos, por la traumática experiencia de las tropas soviéticas en ese país. A la formación del gobierno talibán se sumaría el resurgimiento de grupos terroristas, con respaldo político. Un experto en terrorismo, Rohan Gunaratna, dice que Afganistán “emergerá de nuevo como una Disneylandia terrorista”.

Pekín, pese al compromiso de los talibanes de respetar a China, ve en riesgo la nueva Ruta de la Seda, pero va a tratar de influir en la red de relaciones de vasallaje que mantiene en el país, dejando a los pakistaníes la contención. El gobierno de Islamabad -capital de Pakistán- apoya a los talibanes, pero esto generará reacciones en algunos sectores radicales de un país dividido. Además, al primer país que llegan los refugiados afganos es a Pakistán. Tampoco hay que olvidar que Afganistán tiene, según la ONU, 224 000 hectáreas de cultivos de opio, un negocio con el que se financian los talibanes. Los expertos dicen que su llegada al poder puede llevar “ríos de heroína” a mercados, especialmente europeos.

El fracaso de EE.UU. y Occidente 

Las fuerzas militares estadounidenses debieron retirarse totalmente de Afganistán hasta el 11 de septiembre de 2021 (20 años del ataque a las Torres Gemelas de Nueva York), como anunciaba en abril Biden.

Esto lo decidió la administración Trump en febrero de 2020, en Doha (capital de Catar), tras un acuerdo con los talibanes, que prometieron que su país no sería base operativa del terrorismo contra occidente. No obstante, a inicios de julio, los soldados estadounidenses abandonaron Bagram, sin esperar la orden del comando central de EE.UU., en una decisión polémica, que más parecía fuga que retiro…

Los acuerdos de Doha preveían un diálogo entre los talibanes y el gobierno afgano para repartir el poder. Esto no sucedió. El 10 de agosto, el diario Washington Post publicaba un artículo que revelaba que “la inteligencia estadounidense temía que Afganistán podía caer en 90 días”, pero fue en menos tiempo.

Entretanto, los extremistas habían tomado el control de ocho capitales provinciales, aumentando su capacidad de negociación, con la caída de Kunduz, Sar-e-Pol, Taloqan y previamente, Shebergan (en el norte) y Zaranj (en el sur, cerca de la frontera con Irán) y la entrega de Herat (hasta junio defendida por tropas europeas). Según la ONU, unas 400 000 personas escaparon del territorio conquistado por los talibanes a Kabul, buscando ayuda o refugio.

Las redes sociales locales informan sobre mujeres y niñas obligadas a ponerse la burka y hombres con túnicas tradicionales y barba. La radio y la televisión silenciadas, esperando que Pakistán asuma un rol central, por ser el mayor sostenedor de los talibanes. China ha iniciado contactos diplomáticos con la fuerza de ocupación.

Estados Unidos gastó USD 83 000 millones para entrenar a 180 000 soldados afganos que se rindieron rápidamente ante los talibanes. Han sido muchos errores cometidos en los últimos 20 años. Cabe recordar que los soviéticos crearon un ejército que resistió a los fundamentalistas mujaidines por tres años, tras la retirada de la Armada Roja soviética.

Entretanto, el depuesto presidente Ashraf Ghani, el experto en estados fallidos que presidió el colapso de Afganistán, es un ejemplo del fracaso de las elites occidentales para exportar democracia y estabilidad a países del tercer mundo. Con su huida rumbo a Tayikistán muchos se preguntaban qué haría. La cruel paradoja de su destino sería escribir la segunda parte de su libro ‘Fixing Failed States’ (‘Reconstruir estados fallidos’).

Ghani pudo ser asesinado. Estaba acusado de corrupción. Su salida fue la condición para evitar un baño de sangre en Kabul. Pocos lo van a extrañar. Un aristócrata, más conocido en la academia estadounidense que en su propio país, lejano a su pueblo, con aires de superioridad, confundiendo a los interlocutores de la coalición aliada que lo sostenían. Debía escapar, pero fue demasiado tarde.

El riesgo de que termine asesinado como el expresidente pro soviético Najibullah era tan real que, en Kabul, la gente recuerda cuando a éste, en septiembre de 1996, los talibanes lo localizaron en el cuartel general de la ONU, lo castraron y lo colocaron en una grúa con un dólar en la boca y los bolsillos de sus pantalones ensangrentados.

¿Quién daría su vida por Ghani? se preguntaban en la capital afgana. Nadie, en verdad. Provincias enteras se rindieron sin disparar un tiro. Ghani quiso encarcelar a los oficiales que se rindieron ante los talibanes a cambio de salvoconductos para su salvación. Era inútil. Sus llamados eran patéticos: “no se preocupen, ciudadanos. Me ocuparé del orden público”. Pero, la realidad era otra. Los talibanes avanzaban y los medios y redes sociales mostraban ciudades cayendo una tras otra, mientras Ghani decía que “todo estaba bien”.

Sus palabras eran preocupantes: no se podía confiar en él. Sus mentiras reflejaban el colapso. “Ghani no ve la realidad, parece un autista que no oye a nadie”, según Torek Farhadi, exconsejero presidencial que, como otros, tomó distancia del gobierno. Al final, Ghani estaba aislado y prisionero de sus confusiones. Los talibanes siempre sostuvieron que cualquier transición ordenada pasaba por su salida del poder.

La toma de Kabul, la huida de las autoridades afganas y el repliegue de EE.UU. tiene, como epílogo o inicio, el regreso del terror talibán luego de veinte años del fiasco de la coalición internacional. Dos semanas de ofensiva bastaron a los talibanes para retomar el poder, luego de dos décadas de su expulsión tras la intervención militar estadounidense después del 11-S. En principio los talibanes ofrecieron una transición “pacífica”, pero están haciendo todo lo contrario.

Este descalabro de Occidente, con la Casa Blanca a la cabeza, es mala noticia para el mundo, puede desestabilizar la región y aumenta la influencia geopolítica de Pakistán, dando alas al terrorismo islámico.

La salida de las tropas estadounidenses, asumida por Biden, precipitó la caída de una estructura poco sólida y otro intento fallido por instaurar democracias occidentales en países habituados a fuertes y fanáticos liderazgos religiosos. El repliegue obedecía a 2 400 muertos estadounidenses y mucho dinero gastado en la larga misión: unos USD 1,9 trillones. Biden se justifica diciendo que “no podemos combatir en una guerra que el propio Ejército afgano no quiere luchar”

¿Quién es Baradar, líder de los talibanes en la transición?

Los talibanes, herederos del mullah Omar, son responsables de violaciones sistemáticas de derechos humanos y más atrocidades. El fundamentalismo islámico ha resurgido con la posibilidad de que, desde ese país, se alimente la “guerra santa” contra los “infieles occidentales”.

Resulta poco creíble la declaración de los combatientes que se tomaron el palacio presidencial de Kabul cuando dicen que “no nos vengaremos de nadie”. El mulá Baradar Akhund declaró en un vídeo la victoria de los talibanes y el fin de la guerra en Afganistán. “Hemos alcanzado una victoria que no se esperaba (…) debemos mostrar humildad ante Alá”, dijo el ex número dos del movimiento insurgente en su primera declaración pública.

Liberado por pedido de los estadounidenses en 2018 firmó los acuerdos de Doha. Baradar Akhund es yerno del mullah Omar, artífice de la victoria militar de 1996 y de la guerra de entonces. Pocos imaginaron que, tras su liberación de la prisión pakistaní, Baradar sería el candidato más probable para encabezar un gobierno interino.

Su vida es tan emblemática como la historia afgana de estos 40 años. Nacido en la provincia de Uruzgan en 1968, combatió contra los soviéticos en los 80. Un verdadero mujaidín. Cuando los soviéticos fueron expulsados y estalló la guerra civil, Baradar creó una madrasa (escuela de estudios islámicos) en Kandahar. Con su comandante y presunto suegro, Mohammed Omar, fundaron a los talibanes (estudiantes), jóvenes que buscan la purificación religiosa del país y la creación del emirato.

Alimentados por un fervor religioso y el odio a los señores de la guerra, con apoyo de los servicios secretos pakistaníes, Baradar y Omar intentaron tomar el poder en 1996, luego de conquistas militares que tomaron por sorpresa al mundo. Baladar, el segundo del mullah Omar, es considerado un estratega de alto nivel y artífice de esas victorias. Y no solo eso. En cinco años de régimen talibán cubrió varios roles (militares y administrativos). Cuando el emirato cayó, era el viceministro de defensa. Pero, en estos  20 años Baladar logró mantener el liderazgo y guía del movimiento talibán.

En Pakistán encabezó la Shura de Quetta (gobierno en el exilio de los talibanes) y mantuvo contactos políticos con Kabul. La presidencia de Obama lo vio con recelo por su experiencia militar. La CIA lo capturó en Karachi en 2010, en una negociación para que el gobierno pakistaní acceda. Salió de escena, hasta que la presidencia de Trump pidió a los paquistaníes su liberación en 2018 para conducir las negociaciones en Catar.

Baradar es -mientras los talibanes ocupan el sillón presidencial de Ghani- uno de los vencedores indiscutibles de la guerra contra EE.UU. y los señores de la guerra durante 20 años. Haibatullah Akhundzada es el líder, pero Baradar es el jefe político y el rostro más conocido. Se dice que es prudente y sabe esperar. Hace poco dijo que esta victoria es solo el comienzo. Su retorno refleja la incapacidad de Afganistán para huir del pasado.

En todo caso, Baradar fue quien firmó los acuerdos de Doha con EE.UU. en febrero de 2020, un pacto que debía servir para hacer cambios, no para volver al pasado. “Quisimos cambiar el país y ahora hay que esconderse o emigrar”, dicen algunos jóvenes que temen la vuelta del mismo régimen del terror talibán que llevó a sus padres a huir en los noventa. Parece que se olvidan que la libertad es vivir sin miedo. Pero, por ahora, el miedo vuelve a reinar.

Hoja de Vida Dr. Ugo Patrizio Stornaiolo Pimentel,

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