Israel y Oriente Medio, arden – Dr. Ugo Patrizio Stornaiolo Pimentel

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El conflicto inició en un lugar sagrado. Ahora el mundo entero mira hacia Israel y Palestina. ¿Las agresiones terminarán?

El 14 de mayo de 1948, Israel proclamó su independencia. Al día siguiente fue invadido por tropas de Egipto, Jordania, Siria, Líbano e Irak, obligando al nuevo país a defender su soberanía recién adquirida. En la llamada Guerra de la Independencia, las recién formadas y mal equipadas fuerzas de defensa de Israel rechazaron a los invasores por 15 meses, con más de 6 000 víctimas (1% de la población del país). A inicios de 1949, con el auspicio de la ONU, se negoció, entre Israel y los países invasores -sin Irak- acuerdos de armisticio que, en teoría, concluían los combates.

La superficie costera, Galilea y el Néguev, quedaron bajo soberanía de Israel; Judea y Samaria (Cisjordania) pasaron a Jordania; la Franja de Gaza fue administrada por Egipto y Jerusalén se dividió: Jordania en la parte oriental (con la Ciudad Vieja) e Israel con la parte occidental. Esta división no contentó a los palestinos y empezaron sus reivindicaciones y exilios forzosos.

Tras la guerra, Israel edificó el estado y reunió su primera Knesset (parlamento) que empezó a sesionar tras las elecciones de 1949. Los líderes del nuevo estado fueron David Ben-Gurión, primer ministro y Jaim Weizmann, primer presidente del país. Las puertas del país se abrieron a todos los judíos que quisieran establecerse.

El país tuvo aprietos económicos para mantener a esa creciente población. Hubo asistencia financiera de EE.UU., contribuciones de judíos en el exilio y reparaciones de guerra de Alemania. Así, se construyeron viviendas, kibutz para mejorar la agricultura, se fundó la marina, una aerolínea, minería, industrialización, carreteras, telecomunicaciones y electricidad, generando prosperidad en los siguientes años.

Sin embargo, la seguridad seguía siendo su principal problema, por los bloqueos de los países árabes en el canal de Suez en 1952 e incursiones de terroristas árabes al territorio por lo que creció el ejército israelí. Una alianza militar entre Egipto, Siria y Jordania (en 1956), amenazó a Israel. Tras ocho días de combates, las tropas israelíes tomaron la Franja de Gaza y la península del Sinaí, a 16 km. al este del Canal de Suez. Intervino la ONU, logrando que Israel tenga libre navegación en el Golfo de Eliat.

En la segunda década de existencia del país (1958-68) mejoró la situación de vida del país, pero proseguían las amenazas desde los países árabes. Muchos países occidentales establecieron relaciones con el estado hebreo. Las esperanzas de otra década de tranquilidad terminaron con presencia de guerrillas árabes en las fronteras de Egipto y Jordania, bombardeos de la artillería siria contra asentamientos agrícolas en Galilea y equipamiento militar de países árabes vecinos.

Egipto trasladó milicias al desierto del Sinaí (1967), ordenó a las fuerzas de paz de la ONU -desplegadas 10 años antes- a retirarse de la zona y volvió al bloquear el estrecho de Tirán. Su alianza militar con Jordania obligó a Israel a enfrentarlos. La Guerra de los Seis Días fue otra victoria militar de los israelíes frente a los ejércitos rivales.

Así, Israel se apropió de Judea, Samaria, Gaza, la península del Sinaí y las Alturas del Golán. Los poblados del norte se libraron de 19 años de bombardeos sirios, permitiendo que pasen embarcaciones israelíes por el canal de Suez y el estrecho de Tirán. Jerusalén, dividida entre Israel y Jordania en 1949, se reunificó con autoridad israelí.

Esfuerzos por la paz

Israel ha enfrentado, en las últimas décadas, muchas guerras con sus vecinos, pese a los pedidos de la ONU (resolución 242) para que le permitan vivir en paz reconociendo su soberanía, territorio e independencia. Los países árabes se oponen a la presencia de Israel en medio de ellos. La zona es, desde entonces, un polvorín, con escaramuzas bélicas, ataques, bombardeos y represalias.

Las negociaciones secretas de paz entre palestinos e israelíes en Oslo (capital de Noruega) cerradas en septiembre de 1993, con el estrechón de manos en la Casa Blanca en Washington, entre el líder palestino Yasser Arafat y el primer ministro israelí Yitzhak Rabin, teniendo como testigos privilegiados al presidente Bill Clinton, al ministro de exteriores israelí Shimon Peres, al líder egipcio Hosni Mubarak y al entonces canciller ruso Kozyrev, hizo creer que los tiempos del terror terminaban.

Pero, 28 años después, el peligro de una guerra entre palestinos e israelíes es real. El lanzamiento de cohetes, bombardeos y asesinatos a civiles traslada mensajes que caen en el vacío, ante una comunidad internacional donde prevalecen alianzas e intereses de los países desarrollados frente a un problema que afecta no solo a Israel y a la franja de Gaza, sino al Medio Oriente, porque amenaza la paz y seguridad internacionales.

Este conflicto, con más de 60 años en la era moderna, produce episodios que se remontan a tiempos bíblicos, cuando empezaron los exilios forzosos de pueblos enteros. Tanto israelíes como palestinos comparten contextos comunes: la falta de territorio y el éxodo de sus ciudadanos por el mundo en varias etapas de la historia de la humanidad.

Sería errado pensar que este nuevo enfrentamiento es solo una evocación de anteriores (ataque de insurrectos palestinos de Al Fatah contra deportistas israelíes en la villa olímpica en Múnich en 1972, la intifada -guerra santa- en los territorios ocupados y en la franja de Gaza y Cisjordania desde los 70 y los ataques de la milicia islámica Hamás a territorio israelí desde El Líbano en los 80, entre otros).

Esta vez la guerra está presente, sin que se vea una reacción sólida de organismos internacionales como la ONU o la Unión Europea, pero tampoco de EE.UU. o algunos países europeos (donde las comunidades judías y árabes están presionando a los gobiernos).

El primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, no alcanza mayoría parlamentaria en la Kneset tras algunas elecciones (la última en marzo). Aunque la seguridad interesa a todos los israelíes, la formación del nuevo gobierno enfrenta una paridad de fuerzas políticas (Likud y otros grupos de derecha y los laboristas, de centro izquierda) que pueden dificultar la defensa. El premier luce debilitado y solo la fuerza militar lo puede ayudar.

Pero, que la violencia prosiga y se extienda, como pasa ahora, hará complicado manejar otras estrategias en medio de un escenario de ataques, atentados, bombas, misiles, muerte de personas y habitantes en refugios antiaéreos, aunque sea algo a lo que los israelitas están habituados.

El sucesor de Arafat, Mahmoud Abbas, es el líder de los palestinos de la Franja Occidental de Gaza, pero se encuentra en su ocaso político, lo que se confirmó cuando postergó unas elecciones riesgosas para su tambaleante liderazgo. Los desórdenes en Jerusalén Este son su última oportunidad: todos deben constatar que los palestinos no abandonaron su causa. Esto debe obligar al presidente de EE.UU. a actuar, aunque parece que está mirando a otro lado.

Hamás, la organización fundamentalista palestina, que comanda con mano de hierro la franja de Gaza, lanzó cohetes hacia objetivos civiles israelíes en lo que parecía una confrontación limitada a la explanada de las mezquitas en Jerusalén. El significado religioso más que político de esos incidentes indujo a Hamás y a la Jihad (guerra santa) a atacar. Otra interpretación del problema tiene que ver con el escenario preelectoral en Irán, mientras en Viena se quiere resucitar el acuerdo antinuclear de 2015 con ese país.

Esa negociación, que se preveía que concluya en mayo, no avanzará porque Hamás es muy cercano a los conservadores islamistas iraníes y sigue bombardeando ciudades israelíes. Si se agrava la situación se impediría que la Casa Blanca reanude su acuerdo con Teherán. Justamente los conservadores (guardianes de la revolución) encabezan los sondeos para las elecciones previstas para el 18 de junio en Irán.

Ese país mantiene una confrontación abierta con Israel y provee armas a Hamás. Uno de los candidatos a la presidencia es el expresidente Mahmoud Ahmadinejad, mientras el guía supremo, el ayatola Alí Khamenei declara, tras los hechos de Jerusalén, que Israel no es un Estado sino “una guarnición de terroristas que debe ser combatida”.

Esta situación amenaza con extenderse al Medio Oriente y al Golfo Pérsico. Los EE.UU. de Biden están en una transición estratégica que se percibe en toda la región. Donald Trump reconoció a Jerusalén como capital de Israel transfiriendo su embajada y enterrando uno de los temas de negociación entre Israel y Palestina tras los acuerdos de Abraham (suscritos por Israel con Emiratos Árabes, Marruecos, Bahréin y Sudán) que archivaron la cuestión palestina, así como la ayuda humanitaria a Ramallah (en Cisjordania) empeorando la crisis.

Biden no volverá a instalar la embajada en Tel Aviv, por sus relaciones con Israel, pero su política sobre Medio Oriente, más allá de declaraciones retóricas, es incierta. En su visión internacional su prioridad ahora son China y Rusia, por lo que EE.UU. necesita un acuerdo, aunque sea parcial, con Irán.

El nuevo presidente estadounidense fue tomado a contrapié por los hechos. Los tambores de guerra resuenan en el salón Oval sin que surjan señales claras allí. No hay fórmulas para detener los combates, mientras en la región crecen las facciones más violentas y radicales. En Israel está en juego la paz interna y la cohesión social. Biden, como les ocurrió a sus antecesores, debe asumir riesgos y diseñar una estrategia que evite que esta tragedia sin fin se profundice y se propague.

Los orígenes de este conflicto

La frágil convivencia en una de las zonas más conflictivas del planeta volvió a romperse con nuevos enfrentamientos entre palestinos e israelíes. El conflicto se veía venir, luego de una batalla judicial de las autoridades israelíes para desalojar del barrio Sheij Jarrah a seis familias palestinas. Fue un problema local que se volvió una provocación.

Pero, la tensión se desbordó cuando las autoridades israelitas hicieron un operativo en la mezquita de Al-Aqsa, espacio sagrado en la Ciudad Vieja de Jerusalén, mientras en las calles de Gaza y otras zonas controladas por los israelíes había enfrentamientos entre militantes y agresiones callejeras.

Desde entonces, Hamás y otras milicias palestinas intercambian ataques con Israel (instalaciones y edificios de oficinas y viviendas sucumbieron a las bombas). Los muertos en Gaza superan el centenar y en Israel hay civiles fallecidos. En la llamada “franja de la guerra”, la gente respondió con una mezcla de alegría y miedo a los cohetes lanzados por las milicias palestinas en respuesta a los bombardeos aéreos israelíes.

El profesor Refaat Alareer en un ensayo reciente, narró a The New York Times que “en Gaza la costumbre dice que, al contar un cuento a los niños, los padres terminan con la rima: La historia ha terminado, ¿fue agradable o no? Alareer dice que los chicos suelen responder que no, para que les cuenten otro. Esta semana, sin embargo, en medio de los bombardeos, sus hijos respondieron “nerviosamente, al unísono: ‘agradable’. No querían más”.

Thomas L. Friedman, experto en temas de Medio Oriente, quien escribe para el mismo medio, relató: “¿qué sucede cuando TikTok se une a los reclamos palestinos sobre las apropiaciones de tierras de la derecha israelí en barrios árabes de Jerusalén? ¿Y si a esa mezcla le añadimos la noche de oración musulmana más sagrada en Jerusalén, además de la fiesta israelí más emotiva en el mismo lugar, así como un juego de poder de Hamás para asumir el liderazgo palestino? ¿Y, por último, un vacío político en el que la Autoridad Palestina es incapaz de celebrar nuevas elecciones e Israel está tan dividido que no puede dejar de celebrarlas?”

A diferencia de las intifadas (guerras santas) de 1987 y 2000 el elemento explosivo es un cóctel de fechas y territorios sagrados: el día de Jerusalén -recuerda la toma de control de Israel, en la guerra árabe-israelí de 1967, sobre Jerusalén Este, la Ciudad Vieja y la Explanada de las Mezquitas y que unificó a Jerusalén Este y Oeste- celebrada en el Muro de los Lamentos y la Laylat al-Qadr, o Noche del Destino de los musulmanes, la más sagrada del Ramadán (los primeros versos del Corán revelados a Mahoma por el arcángel Gabriel) con miles de musulmanes en la mezquita de Al-Aqsa, cerca del Muro de los Lamentos. Esa mezquita -donde inició el estallido- es considerada un lugar sagrado para musulmanes, cristianos y judíos. Frecuentemente hay tensiones, por la cercanía de los templos de las tres creencias.

Después de los enfrentamientos en los callejones de Jerusalén Este hubo una incursión de la policía israelí en la mezquita de Al-Aqsa, en donde los palestinos acumularon y tiraron piedras. El saldo, cientos de palestinos heridos y más de 20 policías israelíes lesionados.

Todo se agravó por la lucha por el “territorio sagrado”. Israelíes de derecha consiguieron una orden judicial para desalojar a seis familias palestinas de sus casas ubicadas en terrenos de propiedad de judíos de Jerusalén Este, antes de la división de 1948. Las familias palestinas luchan en los tribunales y sostienen que es injusto que los israelíes reclamen tierras que eran suyas, pero no tienen medios legales para su reclamo.

Los jóvenes palestinos se movieron en redes sociales para alimentar la violencia, donde hacen provocaciones y muestran agresiones a judíos ortodoxos. A su vez, judíos de extrema derecha marchan de Jerusalén hasta la Puerta de Damasco en la Ciudad Vieja, gritando “fuera los árabes”.

En años recientes existe como un consenso que sugiere que Jerusalén suprimió el conflicto palestino y que los palestinos que viven en Cisjordania y Jerusalén Este deben resignarse al control israelí. Los Acuerdos de Abraham, diseñados por el gobierno de Trump -normalizando relaciones de Israel con Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Sudán y Marruecos- que, aunque pueden bajar las tensiones en la región, reforzaron la idea de que la causa palestina ya no es importante.

¿Qué sucede ahora?

Todo está en manos de Netanyahu, quien parece estar en sus últimos días como primer ministro, luego de doce años de gobierno. Ahora trata de evitar que sus rivales lo aparten del poder y existe la posibilidad de que vaya a la cárcel por el juicio de corrupción que enfrenta. Netanyahu exacerba la situación para que sus rivales de derecha abandonen la idea de derrocarlo y declara que el país requiere su liderazgo.

Pero también depende de Hamás, que no mejoró la situación económica en la Franja de Gaza. Si la Autoridad Palestina posterga las elecciones previstas, donde podría ganar el islamismo, todo queda en punto muerto. Como un pretexto de aquello, Hamás disparó cohetes contra Israel y atacó a Jerusalén para asumir el liderazgo de la revuelta de los desalojos y la mezquita e Israel respondió con bombardeos en Gaza.

Israel no puede controlar muchos ataques lanzados desde Gaza. Hamás almacenó muchas armas de largo alcance desde que Israel desalojó ese territorio hace 16 años. Hamás gobierna Gaza desde 2007 y no reconoce el derecho de existencia de Israel. Por esto convirtió ese arsenal en una amenaza letal, como se ha visto estos días. Se calcula que fueron lanzados varios centenares de cohetes. Aunque Israel tiene armamento más sofisticado, no logra controlar totalmente esos ataques.

Según reportes de la inteligencia israelí, Hamás, la Yihad Islámica y otras milicias palestinas tienen unos 30 000 cohetes y proyectiles almacenados en Gaza, que son de alcance variado y que pueden eludir los sistemas de defensa israelíes. Algunos cohetes ya fueron lanzados incluso a Tel Aviv y Jerusalén. Hamás parece más preparado.Aunque Israel ha destruido muchos cohetes con su sistema de defensa antimisiles Cúpula de Hierro, muchos otros impactaron en territorio israelí, sobrecargando el sistema de intercepción. Hamás incluso declara que tiene un misil con alcance de 250 kilómetros que llegaría a cualquier sitio de Israel. “Si no fuera por el apoyo de Irán”, dicen voceros de Hamás, “no tendríamos estas capacidades”. Por todo esto, la guerra puede seguir y propagarse a otros lugares cercanos y hacer que otra vez arda Medio Oriente.

Autor: Dr. Ugo Patrizio Stornaiolo Pimentel, miembro del Tribunal de honor del Colegio de Profesionales en Ciencias Internacionales.

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